La depresión y la ansiedad, más que simples estados pasajeros, son trastornos de salud mentalcon bases neurobiológicas, cognitivas y sociales claramente identificadas que constituyen hoy dos de las principales causas de discapacidad en el mundo. Foto ilustrativa ¡Stock tomada de www.pexels.com
A las tres de la mañana la ciudad parece en silencio, pero no todas las mentes duermen. Hay quien mira el techo con el corazón acelerado, repasando conversaciones que aún no han ocurrido. Hay quien, aun agotado, siente un peso en el pecho que no lo deja levantarse al día siguiente. No siempre se nota desde afuera. La depresión y la ansiedad suelen ser batallas silenciosas.
En consulta clínica, las historias se parecen más de lo que imaginamos. Carolina, (nombre usado para una consultante), describe su ansiedad como “vivir en alerta permanente”. No hay peligro real, pero su cuerpo actúa como si lo hubiera: manos sudorosas, respiración corta, pensamientos catastróficos. Ricardo (nombre figurado de otro consultante), en cambio, habla de la depresión como “caminar con una mochila invisible”. Nada lo entusiasma, nada lo conmueve. Lo que antes disfrutaba ahora le resulta indiferente.
La diferencia no es solo semántica. La ansiedad mira al futuro con miedo; la depresión mira al pasado con desesperanza. Una anticipa amenazas; la otra magnifica pérdidas. Y, sin embargo, ambas pueden convivir en la misma persona.
La ansiedad: el cuerpo en estado de alarma
La ansiedad, en dosis moderadas, es adaptativa. Nos prepara para reaccionar. El problema aparece cuando esa alarma nunca se apaga. El corazón late rápido sin razón aparente, los músculos permanecen tensos, la mente imagina escenarios negativos una y otra vez.
En los últimos años, especialistas han observado un aumento significativo de síntomas ansiosos, especialmente en jóvenes hiperconectados. La exposición constante a comparaciones sociales en plataformas como Instagram y TikTok amplifica la sensación de insuficiencia. La vida editada de otros se convierte en estándar inalcanzable.
Pero la ansiedad no distingue edades. Ejecutivos, madres, estudiantes universitarios: todos pueden experimentar esa sensación persistente de peligro inminente, aunque no haya amenaza concreta.
La depresión: cuando todo pierde color
La depresión no siempre se manifiesta con llanto. A veces llega como apatía. Otras, como irritabilidad. Se instala lentamente: altera el sueño, cambia el apetito, roba energía. Lo más preocupante es la anhedonia, esa incapacidad de disfrutar lo que antes generaba placer.
Desde el punto de vista neurobiológico, ambos trastornos implican alteraciones en circuitos cerebrales relacionados con la regulación emocional. No se trata de “falta de carácter”. Son condiciones con base clínica reconocida por organismos como la Organización Mundial de la Salud, que ha advertido que los trastornos depresivos y ansiosos figuran entre las principales causas de discapacidad global.
En Colombia y América Latina, los servicios de salud mental aún enfrentan brechas importantes de acceso. Muchas personas no consultan por estigma o por minimizar los síntomas.
Señales que no deben ignorarse
En la crónica diaria del sufrimiento emocional, hay señales que exigen atención profesional:
-Insomnio persistente o sueño excesivo.
-Pensamientos recurrentes de muerte.
-Ataques de pánico.
-Dificultad para cumplir responsabilidades básicas.
-Aislamiento progresivo.
-La intervención temprana cambia el pronóstico.
La terapia cognitivo-conductual, por ejemplo, ha demostrado eficacia significativa al trabajar distorsiones cognitivas y patrones de evitación. En casos moderados o severos, el tratamiento farmacológico supervisado puede estabilizar síntomas.
El peso del silencio
Uno de los mayores obstáculos no es la enfermedad, sino el silencio. “No quiero preocupar a nadie”, dicen muchos pacientes. Otros temen ser etiquetados como débiles. Esa narrativa social retrasa diagnósticos y prolonga el sufrimiento.
Hablar de salud mental no fomenta fragilidad; fomenta prevención. Así como acudimos al médico por una fractura, consultar por síntomas emocionales es un acto de responsabilidad.
Más allá del tratamiento, hábitos que ayudan:
Aunque la terapia profesional es fundamental, ciertos hábitos fortalecen la recuperación:
-Rutinas de sueño consistentes.
-Ejercicio aeróbico regular.
-Reducción del consumo excesivo de noticias y redes sociales.
-Espacios de conversación segura.
-Técnicas de respiración y relajación.
-Apoyo espiritual de pastoral parroquial y/o consejería de personas eticamente avaladas por asociaciones e instituciones cristianas legalmente constituidas.
No sustituyen la atención clínica cuando es necesaria, pero sí complementan el proceso.
Una historia que puede cambiar
La buena noticia es que tanto la depresión como la ansiedad tienen tratamiento. Con acompañamiento adecuado, la mayoría de las personas logra recuperar funcionalidad y bienestar.
Volvamos a esa escena de las tres de la mañana. La diferencia entre una noche interminable y un nuevo comienzo puede ser una decisión: pedir ayuda. No es debilidad; es estrategia de autocuidado.
La mente, como cualquier órgano, puede enfermar. Y también puede sanar.
Este artículo está diseñado para ayudarte a reconocer señales, desmontar mitos y darte estrategias concretas que puedes aplicar desde hoy. Si te resuena lo que leíste, considera compartir el artículo con alguien que también pueda necesitarlo.








