Cada 25 de febrero, el santoral católico recuerda a un santo distinto, incómodo para su tiempo y sorprendentemente actual para el nuestro: San Valerio de Astorga. No fundó imperios ni encabezó multitudes. Hizo algo más radical: huyó de la fama. Imagen ilustrativa tomada de Facebook.
En una época convulsa de la Hispania visigoda del siglo VII, Valerio tomó una decisión que cambiaría su vida: abandonar el reconocimiento y buscar a Dios en la soledad de las montañas del Bierzo.
¿Quién fue San Valerio de Astorga?
Nacido en Astorga, en el noroeste de España, sintió desde joven una fuerte inclinación por la vida ascética. Intentó integrarse en el monasterio fundado por San Fructuoso, pero su vocación iba más allá del modelo monástico tradicional.
Eligió convertirse en ermitaño.
Se retiró a zonas montañosas, habitó cuevas y pequeñas celdas, soportó inviernos extremos y largos periodos de ayuno. En uno de sus textos escribió:
“Muchos son los combates del alma en soledad, pero mayor es la paz que en ella se encuentra.”
No era un hombre que escapara del mundo por miedo, sino por convicción.
El santo que no quería seguidores
Lo paradójico es que cuanto más buscaba el anonimato, más personas acudían a él. Campesinos, religiosos y curiosos llegaban para escucharlo. Su fama creció y con ella, los problemas.
Algunos clérigos comenzaron a verlo con recelo. Las ofrendas que recibía despertaron tensiones. Valerio hizo algo inesperado: se fue. Prefirió marcharse antes que convertirse en motivo de división.
Este patrón se repetiría varias veces en su vida hasta establecerse cerca del actual Monasterio de San Pedro de Montes, donde pasó sus últimos años.
En su obra De génere monachorum dejó una frase que hoy sigue siendo contundente:
“No es el hábito el que hace al monje, sino la pureza del corazón.”
Un mensaje que denunciaba la religiosidad superficial y defendía la autenticidad espiritual.
San Valerio escritor: una voz del siglo VII
A diferencia de muchos ermitaños, San Valerio dejó escritos que hoy permiten conocer su mundo interior. Entre ellos destaca la Vita Sancti Fructuosi, biografía de su maestro espiritual.
En sus textos se muestra humano, vulnerable, lejos de una imagen idealizada. Confesó:
“Fui probado por la soberbia y por el desaliento, mas hallé refugio en la misericordia divina.”
Esa honestidad le da un valor histórico singular. No habla desde la perfección, sino desde la lucha interior.
¿Por qué se celebra el 25 de febrero?
El 25 de febrero, el santoral católico recuerda su muerte y su legado espiritual. No es una festividad masiva, pero su figura cobra relevancia en tiempos modernos.
Vivimos en la era de la exposición constante, del reconocimiento inmediato y la validación digital. San Valerio representa lo contrario: silencio, coherencia y profundidad.
Su vida plantea preguntas incómodas:
¿Tiene sentido el retiro en un mundo hiperconectado?
¿Puede el silencio ser una forma de resistencia?
Más de trece siglos después, su respuesta sigue resonando.
El mensaje actual de San Valerio de Astorga
San Valerio no buscó seguidores. Buscó fidelidad. No construyó fama. Construyó interioridad.
Y tal vez por eso, cada 25 de febrero, su nombre vuelve a aparecer. No como una reliquia medieval, sino como una alternativa radical frente al ruido moderno.
En un mundo que premia la visibilidad, él eligió desaparecer. Y en esa desaparición encontró trascendencia.
