miércoles, 30 de septiembre de 2026

El silencio de los altares: La fe bajo fuego en Nigeria y el olvido de Occidente



El reverendo Ezekiel Dachomo perdió a 9 familiares en Nigeria. Su tragedia expone el exterminio silencioso de cristianos ante la indiferencia de Occidente y el silencio de las cúpulas religiosas. ¿Dónde está la verdadera fe? Foto: El reverendo Ezequiel Dachomo ora de rodillas junto a una comunidad de creyentes en Nigeria. Imagen tomada de persecution.org

El cansancio no se lee en las arrugas, sino en la mirada. El rostro del reverendo Ezekiel Dachomo, un pastor nigeriano cuya piel parece haber absorbido el polvo de cien cementerios improvisados, es el mapa vivo de una tragedia sistemática. Sus manos, las mismas que bendicen el pan dominical, cargan con regularidad el peso muerto de los miembros de su propia congregación.

En julio pasado, la violencia extremista tocó su puerta con una crueldad indescriptible: nueve miembros de su familia fueron asesinados en un solo ataque.

Hoy, sobre la tierra aún fresca que cubre a los suyos, Ezekiel Dachomo sigue predicando. Su voz no flaquea, pero el eco de su aislamiento retumba en todo el continente africano.

Para entender el calvario de Ezekiel Dachomo, es necesario mirar hacia las raíces de un conflicto que la narrativa global suele simplificar como meras disputas pastoriles o choques climáticos.

El exterminio de la población cristiana en Nigeria, concentrado con brutalidad en el Cinturón Medio y el norte del país, hunde sus raíces en una compleja amalgama de yihadismo expansionista, tensiones étnicas históricas y un vacío de poder estatal. Grupos extremistas como Boko Haram, la Provincia del Estado Islámico en África Occidental (ISWAP) y facciones radicalizadas de pastores Fulani han convertido la identidad religiosa en un factor de supervivencia.

Lo que ocurre en aldeas como las del reverendo Ezekiel  no son incidentes aislados; es una campaña sistemática de desplazamiento, quema de templos y ejecuciones que busca alterar la demografía espiritual de la nación más poblada de África.

Sin embargo, el dolor de Nigeria choca de frente contra un muro de indiferencia geopolítica.

Las potencias del mundo occidental, aquellas que suelen alzar la voz en los foros internacionales en defensa de los derechos humanos y las libertades civiles, guardan un silencio sepulcral ante el goteo de sangre cristiana en el continente africano.

Existe una profunda paradoja histórica en esta indolencia: los propios países de Europa y América del Norte, cuyas instituciones, leyes y valores de dignidad humana nacieron y se moldearon a partir de la influencia de la fe cristiana, hoy miran hacia el otro lado cuando esa misma fe es el motivo de un exterminio en masa.

La diplomacia occidental, tan ágil para sancionar u operar en otros rincones del planeta bajo la bandera de la justicia moral, parece carecer de incentivos estratégicos para detener la masacre en las comunidades rurales nigerianas.

Esta desconexión no es exclusiva de las cancillerías seculares.

Al mirar hacia las cúpulas eclesiásticas de Occidente, el panorama es igualmente desolador.

Mientras el reverendo Ezekiel Dachomo limpia la sangre de los bancos de su iglesia, los altos representantes de las principales denominaciones cristianas globales emiten discursos tibios e impersonales sobre la "paz en el mundo".

Se firman encíclicas, se organizan simposios sobre el diálogo interreligioso y se debate la burocracia institucional, pero se evita sentar una declaración contundente y unificada sobre el calvario nigeriano.

Pareciera que las estructuras religiosas de las naciones prósperas sufren de una desconexión profunda con la realidad de la cristiandad sufriente.

Las iglesias de Occidente, cómodas en su libertad y adormecidas por sus propios debates culturales internos, parecen haber olvidado la naturaleza transnacional de su fe.

¿No deberían los millones de cristianos en el mundo estar luchando activamente por la vida de sus hermanos en Nigeria?

¿No es este el momento de movilizar el aparato institucional, los recursos financieros y la influencia política global para exigir la protección de los creyentes perseguidos?

La fe sin acción se convierte en un accesorio estético. En los círculos religiosos actuales se habla mucho de teología, pero se ejerce poca compasión práctica.

El Apóstol Santiago lo dejó plasmado con una claridad incómoda en su epístola: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.”

En Nigeria, los huérfanos y las viudas se multiplican cada semana bajo el fuego extremista.

Mientras tanto, el mundo mira hacia otra parte y las grandes catedrales de Occidente continúan en silencio, demostrando que la distancia más larga del mundo es la que separa un discurso de paz de una fosa común en el Cinturón Medio nigeriano.